El número de familias monoparentales sigue ascendiendo. Cada vez son más los padres y las madres que afrontan la crianza de sus hijos en soledad, bien porque así lo han elegido o bien porque el destino lo ha querido. Sea como sea, la atención, el cuidado y la educación de un niño requiere ante todo de esa cercanía física y emocional con la que conferir a esa nueva vida una seguridad y un amor auténtico. Algo para lo que tanto hombres como mujeres deben estar capacitados.

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“Un buen padre vale por cien maestros”
-Jean Jacques Rousseau-

Por otro lado, algo que todos sabemos es que los niños no llegan al mundo con un manual de instrucciones, y si esto es así se debe a una razón muy simple: no son máquinas. Los niños están hechos de carne, de necesidades, de un corazón que late con fuerza y un cerebro que lo anhela todo y que ansía poder conectarse con su entorno. Necesitan nutrientes y un tipo de alimento que va mucho más allá de la leche materna, ese que un padre también sabe y puede conferir.

Los nutrientes más valiosos que debe aportar un padre

Nuestra familia y el tipo de vínculo establecido con ella determina gran parte de lo que somos. Más allá de los genes y de la sangre está esa arquitectura más íntima y privada donde se alza el reino de nuestras emociones, de nuestros miedos, limitaciones y también de nuestros valores. Dimensiones todas ellas que un buen padre debe nutrir de forma correcta. Veamos algunos ejemplos.

  • La disponibilidad emocional. La capacidad de respuesta ante las necesidades del niño y la calidad de las misma, garantiza un desarrollo óptimo y una mejor madurez en ese pequeño a lo largo de su vida.
  • El reconocimiento. Todo niño necesita sentirse reconocido y valorado por parte de sus progenitores. Contar con esa mirada paterna siempre atenta, cercana, valiosa y llena de afecto influye en un buen desarrollo de la autoestima en el niño.
  •  La participación. El buen padre no se limita solo a “estar”, sino a hacer sentir, a favorecer el descubrimientos, a despertar nuevas emociones y aprendizajes, a ser un “escuchador” incansable, un negociador y un comunicador infantigable.
  • La inspiración. Algo que sin duda hacen la mayoría de los papás, es abrir a sus niños nuevos mundos donde sentirse competentes y a la vez, autodescubrirse. Muchos de nuestros padres nos transmitieron sus pasiones, su amor por la música, los libros, la naturaleza... Valores todos ellos que ahora definen nuestra vida de adultos.

Para concluir, algo que conviene recordar es que el buen padre no es un niño grande que disfruta jugando y haciendo reír a su hijo. El padre “real” es un adulto con grandes competencias emocionales, alguien seguro de sí mismo, valiente como cualquier madre y preocupado siempre por dar seguridad, aliento y afecto a ese niño para que el día de mañana abra las alas convertido en adulto libre, maduro y capaz de dar y recibir felicidad.

Artículo de Valeria Sabater. Lamenteesmaravillosa.com

 

Estela Freytes Alonso
Biodinámica Craneosacral – Bebés, Niños y Adultos